domingo, 19 de mayo de 2013

CAPITULO 1



Choi Seung Hyun miró con el ceño fruncido la taza de porcelana china servida en bandeja de plata que tenía delante de sí. Incapaz de introducir uno de sus largos dedos en el agujero del asa, alzó la delicada taza abarcándola con toda la mano. De no haber sido por su anciana anfitriona, no le habría importado lo más mínimo rechazar el té. Pero Emma Montgomery había anunciado que era la hora del té, y por lo que Choi había podido ver, no iba a conseguir sacarle ninguna información relevante mientras no hubiera compartido con ella aquel diario ritual.

Nunca había entendido a los ricos, y su experiencia con ellos jamás le había dejado una impresión positiva. Su madre se había ganado la vida fregando suelos y Choi, desde que era un niño, había sido muy consciente de lo mal que siempre la habían tratado. Tan pronto como pudo ganar por sí mismo algún dinero, había procurado alejarla de aquellas ingratas tareas y del abuso verbal que solía acompañarlas. Resultaba irónico.

A la mayor parte de los clientes que habían contratado sus servicios como investigador privado les sobraba el dinero. Y a Choi no le importaba cobrárselo con largueza. Con ese dinero no solo pagaba sus propias facturas, sino el coste de la plaza en el cómodo complejo residencial privado que le había regalado a su madre. Lo consideraba una especie de compensación por los muchos años de esfuerzo que le había dedicado.

La anciana que se hallaba frente a él era un cliente potencial. Se había puesto en contacto con Choi a través de una persona de su círculo social, para la cual había trabajado durante el año anterior. A primera vista, Emma Montgomery le parecía una persona tan tenaz como encantadora. Mientras que otros clientes intentaban esperar hasta el final del trabajo para pagarle.

Emma le había pagado el viaje y las dietas desde Corea del Sur a Hampshire, Massachusetts, solamente para que pudiera entrevistarse con ella.
Le había ofrecido además una suculenta cantidad que jamás antes nadie le había pagado por un solo caso, prometiéndole que cubriría enteramente sus gastos fueran los que fueran, sin hacerle preguntas. Y todo eso antes de explicarle para qué había requerido sus servicios.

Choi no solamente estaba intrigado, sino inclinado a aceptar.

El dinero que le había prometido le permitiría trasladar a su madre a una residencia en la que pudiera contar con atención individualizada. Dado el deterioro que estaba sufriendo en la vista ya no podía vivir sola, o al menos tendría que disponer de una ayuda constante. Si eso significaba transigir con manías como una hora fija para tomar el té con todo ese complicado ceremonial, lo soportaría encantado.

Miró a su anfitriona.

Aquellos penetrantes ojos castaños lo miraban a su vez por encima del borde de la taza, como diciéndole

«Espera, no tengas prisa».

Choi se resignó a alzar su taza para tomar otro sorbo

Emma: Mi nieta necesita alguien que la cuide —le informó de repente la anciana.

Choi estuvo a punto de atragantarse con el té, y de paso tirar la taza al suelo. No debía de haberla oído bien. ¿Le estaba ofreciendo todo ese dinero por atender a una niña?

TOP: ¿Perdón?

Emma: Quizá no me haya expresado bien. Mi nieta está en proceso de encontrarse a sí misma y necesita que alguien la vigile.

Choi dejó la taza sobre su plato, antes de que finalmente se le acabara por caer.

TOP: Creo que la han informado mal, señora Montgomery —hubiera o no dinero de por medio, no estaba dispuesto a ponerse a cuidar críos.

Emma: Llámeme Emma —le ofreció ella, sonriendo.

TOP: Emma. Soy un investigador privado, no un niñero. Por cierto, ¿qué edad tiene su nieta?

Emma recogió entonces un retrato de una mesa, y se lo enseñó. La mujer de la fotografía no era ninguna niña. Tenía el cabello rubio como la miel, unos cálidos ojos castaños y un rostro tan fino y delicado como la porcelana china que había estado a punto de tirar al suelo. Una oleada de deseo barrió a Choi, acelerándole el corazón.

Emma: Tiene casi treinta años y es una verdadera belleza, ¿no le parece? —le preguntó Emma, orgullosa.

TOP: Sí, —se movió incómodo en su asiento—… en efecto

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